Héctor Francisco Ruiz
Fue en 2003 cuando Carlos Ortega, en rueda de prensa, aseveró que aquel paro infausto “se nos fue, se nos escapó de las manos”. Tras largos días de asedio a la materialización de la cotidianidad, aquella huelga criminal se daba por concluida sin declarar su levantamiento.
A partir de allí, los días de aquel dirigente sindical empezarían un declive que lo conducirían a un exilio más parecido al ostracismo.
Años más tarde encontramos a la victoriosa Asamblea Nacional de 2015, llena de personajes que movidos por la avaricia dilapidaron su capital político para con una sucesiva cadena de infortunios acabar en un gobierno interino que está próximo a repetir aquella frase de Ortega.
El Parlamento de marras, ya con sus días contados, optó por extender su período más allá de lo reglamentario, bajo la figura de comisión delegada, echando de una vez a la hoguera a buena parte de sus integrantes.
Negado a reconocer su derrota, el gobierno interino espera a que alguien de la Casa Blanca conteste el teléfono, sin percatarse de que la negación plausible es leitmotiv en el nido de los halcones. Mientras, la Unión Europea, dicho por Elías Pino Iturrieta, anda sin consenso y reflexionando sobre su apoyo al depauperado interinato: ¡Agonía!
Una Asamblea infinita, como infinito es aquel paro que nunca se levantó, una Comala de cadáveres que se recrean solo por el sentimiento que los llevó al féretro: El odio.
