Farmacia

Lesbia Muro

@lesbiamuro

“La única manera de no ser un comediante y vivir enmascarado, reside en llevar una existencia simbólica”.

Simmel

Disciplina y arte, nos decían aquellos profesores en los primeros años de universidad. Entre olores de solventes y solutos pasábamos intensas horas de nuestra juventud. “Qué olor a bosque tiene la farmacia”, dijo Neruda. Olor único de tormento y paz. Números, cálculos y formas infinitas, microscopios, balanzas y equipos de extracción y medición, formaban la vida cotidiana del (la) estudiante de Farmacia. Poco a poco llega un enamoro insólito por cada creación salida de un mortero, la formulación perfecta, la técnica perfecta, nada sobra. La pasión, la excitación, la algarabía. El conocimiento certero objetivado en la creación, en el descubrimiento lógico. Aprendemos de riesgos, de polos, de posiciones y oposiciones abstractas, de compuestos, átomos y moléculas; los vemos en el espacio. Vemos lo invisible. Existe lo que imaginamos porque cada producto imaginado es posible por el profundo conocimiento de la estructura de las sustancias que lo contienen. Del albarelo al blíster, la farmacia es ciencia de creación. Y la creación es un arte. Conocemos de encuentros y desenlaces, de pronósticos, de movimientos, de flujos. La química en el organismo humano. Un encuentro que debe ser benigno si se respetan causas, dosis y tiempos. Peligroso conocimiento si la probidad y el bien común no es el fundamento de su práctica.

Ciencia difícil de estudiar, más por el tiempo que exige, que por la alta complejidad de sus métodos y teorías. Tiempo que exige aislamiento, concentración total, aprender a conversar con las moléculas y sus movimientos, anticiparse a las reacciones. Saber de temperaturas, fermentaciones, microorganismos, enzimas, catalizadores, de sinergias, receptores, agonismos, antagonismos y potenciaciones. Se aprende a administrar desde la molécula hasta el insumo terminado. Aprender a vivir entre lo invisible, para poder conocerlo y trasformar esas realidades en útiles y visibles. Son viajeros (as) los farmacéuticos (as). Van y vienen del mundo de lo desconocido al mundo de la realidad concreta, traen, fórmulas, descubrimientos, técnicas, procesos. Traen para la vida, no debería ser de otra manera.

Ciencia más difícil de ejercer. Saber de economía de reacciones y moléculas, de las transformaciones y respuestas devenidas del encuentro con el cuerpo biológico, no es suficiente para la comprensión de terceros. Por ello, el (la) farmacéutico (a) debe ser traductor (a), saber decir, hacerse entender, del porqué del seguimiento de la terapia, de los riesgos,  del correcto almacenamiento, de la impecabilidad de un estudio clínico, de su adecuado diseño, de la ausencia de sesgos, de la estabilidad (concepto del que tristemente he visto reír a algunos decisores públicos en el área de la salud), de la rigurosidad en el proceso productivo, del aseguramiento, del control, de la vigilancia de la prescripción, de las interacciones y reacciones adversas, de la observancia de las contraindicaciones, de la oportunidad de la terapia, de la importancia indiscutible del prospecto (independientemente dónde esté impreso) como herramienta de salud colectiva, como herramienta de información, como derecho de la población a mantenerse informada, (espurios argumentos en su contra, no han demostrado impacto en los costos de producción y ventas); en fin, hablar de farmacia es remitir a conocimientos y prácticas en salud integrales… Integralidad que incomoda a muchos. Y que a su vez, es oportunidad de muchos. La industria farmacéutica, en su lógica acumulativa, sabe bien la importancia del (la) profesional de la Farmacia. Harto decir de los propósitos de una industria que constituye el tercer sector económico de mayor rentabilidad en el mundo. El Estado, a través de la normativa nacional, exige la presencia de farmacéuticos (as) en los procesos dirigidos a la producción, almacenamiento, distribución, dispensación y consumo de medicamentos, alimentos y cosméticos.

Ha sido largo y duro el proceso de trasformación de una lógica reguladora centrada en la vigilancia de mercados a una regulación centrada  en la salud colectiva. Es más fácil resolver con base en suposiciones o premisas aceptadas empíricamente como verdaderas, que iniciar procesos profundos de transformación.

Desde hace mucho tiempo existen en el mundo instrumentos normativos que regulan la producción y comercialización, más para vigilar que la industria nacional o las estrategias productivas e innovadoras de países de ingreso bajo y medio, no constituyesen amenaza a la rentabilidad de la industria transnacional (punto originario de la regulación), que para promover el desarrollo de la industria nacional y la utilización no riesgosa de medicamentos. Sin embargo, la actividad farmacéutica en Venezuela siempre ha sido vigilante, ética, cuidadosa de cada innovación.

Iniciativas en este siglo como la Ley del Medicamento del año 2000, las normas que regulan la prescripción, almacenamiento, distribución, la creación del motor farmacéutico como política de activación de la producción nacional pública y privada, la lista básica de medicamentos esenciales, los comités terapéuticos, las normas sobre publicidad y promoción, se presentan como actuaciones de gran importancia que dirigen recursos y conocimientos hacia la atención a los problemas de disponibilidad y acceso. Son escenarios y oportunidades políticas para dirigir los procesos que devienen de tales iniciativas, desde lo económico hacia el interés social. Es decir, uso apropiado de medicamentos, producción ajustada a requerimientos de vida y salud, antes que disponibilidad y acceso como fórmulas sin contenido político, como respuestas técnicas a exigencias económicas. Hay quien no lo comprende, quien tiende a desviar el sentido de una decisión política, potente y certera en sus cimientos, a respuestas coyunturales.

El uso inapropiado de medicamentos produce riesgos, amenazas severas a la vida. No es el hiperconsumo de  medicamentos un indicador de desarrollo económico y social. Sí lo es en cambio el fortalecimiento de la industria nacional pública y privada, que responda a los intereses de salud colectiva. La industria nacional como valor patrimonial. Convertirla en requerimiento político, llevarla a su concreción necesita el concurso del (la) farmacéutico (a), como profesional formado (a) para eso por el Estado venezolano.

El ejercicio de la Farmacia ha sido progresivamente desplazado por quienes desconocen su ciencia y su método, farmacéuticos (as) hospitalarios (as), comunitarios (as) industriales, microbiólogos (as), toxicólogos (as), asistenciales, son roles profesionales que los sectores de salud y economía deben considerar en su dimensión social, técnica y científica. Es una profesión costosa para el Estado y que ha sido objeto de diáspora. Formar y retener farmacéuticos (as), expertos (as) en formulación magistral, en etnobotánica, en atención farmacéutica en producción industrial y suministro, son exigencias necesarias de seguridad de la nación. La formación, desarrollo y fortalecimiento de esa ciencia en Venezuela, debe constituir una demanda política.

La soberanía, como poder del pueblo, se ejerce individual y colectivamente. Si la soberanía es la posibilidad real que tiene una nación de perdurar en el tiempo como unidad sociocultural en razón de un territorio y una población, entonces la seguridad de la nación hace posible la práctica de soberanía, y brinda condiciones para el cumplimiento de los fines del Estado, consagrados en el Artículo 3 de la CRBV (2000) que reza: “…la educación y el trabajo son los medios para alcanzar tales fines”.  En la medida que los profesionales formados por el Estado ejerzan su profesión orientada hacia esos fines, hacen ejercicio de soberanía.

El (la) farmacéutico (a) tiene derecho a ejercer plenamente su profesión, la población tiene derecho a que la ejerza, el Estado tiene derecho al disfrute del profesional que formó.

El 1° de diciembre se celebró el Día Panamericano de la Farmacia, conocido como Día del (la) Farmacéutico (a) en Venezuela; se conmemoró el 72° aniversario del Primer Congreso Panamericano de Farmacia, realizado en La Habana, Cuba. Bien vale profundizar en los objetivos y fundamentos de ese Congreso, dado el contexto de su realización. Sin embargo, cualquiera sea el resultado de un análisis desde diversas posturas, se destaca la visión de posicionar a la Farmacia como una ciencia de la salud.

El discurso del movimiento feminista que avanza con fuerza contestataria, discurso que revoluciona el repertorio lingüístico, la sintaxis, la semántica y la lexicología hacia caminos que dejarán atrás al Estado Patriarcal, diría: Salud a les farmacéutiques en su día. Salud a todes mis colegas, la profesión se ejerce con valentía. No más diásporas. ¡Qué viva la Farmacia, que apoye la invención e iniciativa en comunidades! ¡Qué siga librándonos de productos potencialmente peligrosos y de toda deformidad opuesta a nuestros preceptos deontológicos!

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