Rosa Arráiz: Después de cenar, prendo mi máquina y empiezo a hacer tapabocas

Vea/Prensa Miranda

En las últimas semanas el tapabocas se ha convertido en una pieza indispensable para evitar el contagio de Covid-19, lo que ha incrementado de manera considerable su demanda, no solo para el personal médico y enfermero, sino también para policías, bomberos, efectivos de Protección Civil, trabajadores del sector industrial, comercio, transporte y población en general.

Por ello, un grupo de 300 mujeres del municipio Plaza, estado Miranda, se ha dedicado durante la cuarentena social a fabricar de forma voluntaria miles de tapabocas en sus talleres, donde antes de la pandemia fabricaban ropa, productos artesanales o se dedicaban a la repostería o cocina como parte de su trabajo como emprendedoras.

De este grupo de heroínas, Rosa Arráiz, con 62 años de vida y residenciada en el sector 29 de julio de Guarenas, nos cuenta de manera orgullosa que solo ella produce a la semana 300 tapabocas que son distribuidos a las comunidades de manera gratuita.

Detalla que el Ejecutivo regional le suministra telas e hilos, para que posteriormente con sus manos, máquina de coser, tijeras, cinta métrica y alfileres proceda en horas de la noche y madrugada a transformar esa materia prima en tapabocas, uno de los principales elementos para evitar contagio de Covid-19.

“Después de la cena, como a eso de las siete u ocho de la noche, me siento al frente de mi máquina de coser negra, ubicada en la sala de mi casa. Prendo mi ventilador, porque hace mucho calor, y enciendo la lámpara para comenzar a producir los tapabocas. Ahí cuento con una bolsa donde están mis tijeras, los hilos y dispongo de dos gavetas donde están las telas. Al final salen productos de muy buena calidad: tapabocas de color blanco con tiras rojas. Antes de la pandemia, yo me dedicaba a las manualidades, a la costura, a la repostería y cocina, y mucho antes fui campesina en el oriente del país. Me gusta trabajar, me gusta aportar mi pequeño grano de arena en beneficio de mi comunidad, de mi país. Me dijeron que me iban a pagar por los tapabocas, pero yo les dije que no me depositaran, porque lo quería hacer gratis”, relata.

Cuando se le daña su máquina de coser –cuenta- ella misma se encarga de desarmarla para lubricarla y repararla, a fin de ponerla a funcionar de nuevo y continuar con su trabajo. Esta proactividad la hace gracias a un curso de reparación de máquinas de coser que hizo en el Inces de El Samán.

En sus tiempos libres, Rosa, quien también es licenciada en Educación, Mención Desarrollo Cultural de la Misión Cultura, “gracias al presidente Chávez”, cocina y hace las labores del hogar, además de atender con mucho amor a su madre y a su hermano, quien es paciente oncológico. No olvida consentir a sus nietos y orar por Venezuela y el mundo entero.

“Lo que hago es solo un granito de arena de todo lo que podemos hacer; podemos aportar más. Nosotros somos 30 millones de venezolanos; si cada uno pusiera una hora al día de su tiempo, si se pusieran a la orden, muchos lo hacen, Venezuela sería un país maravilloso”, expresa Rosa.

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